A veces unas ventanas se abren
Lunes, Ocho de la mañana. Ainhoa se levanta, se lava la cara, los dientes, se peina, se viste y se dirige a la cocina. Allí desayuna como todos los días, con su madre y su padre. – ¿Qué tal has dormido cariño? –pregunta su madre. Un día más como otro cualquiera de su rutina. A las nueve menos veinte se despide y se va dando un paseo hasta el colegio. Tararea su canción favorita, de ese grupo que sus padres nunca pronunciarán bien. Cerca del colegio se le acerca un chico muy guapo, no mucho más mayor que ella. Saca su Smartphone del bolsillo, le saca una foto, le guiña un ojo. Ella se sonroja, no está acostumbrada a gustar a los chicos, y eso le agrada. A veces unas ventanas se abren.
Lunes, siete y media de la mañana. Suena el despertador, tantea con la mano hasta que Jorge da con su móvil y apaga la alarma. Se levanta, se ducha, se afeita, se lava los dientes. Se mira en el espejo y se sonríe. Vive en una urbanización “de bien”. Sale de casa y entra en la cafetería de siempre, esa en la que la bollería está hecha a mano, no es industrial. Café con leche templada y el periódico. A Jorge le gusta ir a trabajar con calma. Tiene un puesto de responsabilidad en una gran empresa de marketing y ventas externas. De camino al trabajo pasa cerca de un colegio y ve una niña de unos 12 años, muy guapa. Saca el móvil y le echa una foto. A veces unas ventanas no se cierran.
Jueves, Ocho de la mañana, cafetería cerca de una urbanización. En una mesa están dos personas tomando café y zumo de naranja. El periódico está encima de la mesa y el tono de su conversación parece angustiado. Hablan sobre una noticia del periódico, no está en primera página, ni en impar, ni en destacados. Pero es una noticia que les ha asombrado: han detenido a un pederasta cerca de esa cafetería. ¡En una zona de bien! –No sé cómo ha podido ocurrir –le dice una a la otra. –Tómate el café, se te va a enfriar. Unas puertas se cierran.
Tres historias, tres días cotidianos, normales. Una ventana se abre cuando una puerta se cierra suelen decir. En internet no sabemos cuántas puertas y ventanas se abren o se cierran. Creemos tener el control pero no es así. Cuando se sube una foto a la masa virtual llamada internet, perdemos el control. No son más que bits de información, bits que se pueden modificar con otros programas de diseño. Esos bits que pueden contener la foto de nuestros seres queridos. Posiblemente nos asombre la segunda historia, nos puede chocar que un joven, o un “señor” se acerque y saque una foto a una niña; pero es asombroso la de fotógrafos que podemos encontrar en internet, que no se ven en la urbanización, que son invisibles a nuestros ojos. Cuando se suben a internet fotos de menores, se abren muchas ventanas que quizás no podamos cerrar, que quizás con el tiempo esa ventana no cierre bien y entre frío, un frío que en invierno molesta mucho en la calidez de nuestro salón.
A veces unas ventanas no se pueden cerrar.

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