Hoy os traigo una colaboración muy esperada: @mummysil15, de EmocionArte.
Podéis ver más sobre ella en su BLOG

Siempre he dicho que si no fuera terrestre, mi siguiente medio de vida hubiera sido el agua. Por otro lado, los delfines tienen algo que me atrapan. Mi experiencia directa con ellos hace tres años fue inolvidable. De mi cuello pende siempre uno dorado. Y, ¿para qué nos cuentas todo esto?, os preguntaréis.
Antes de que naciera nuestra pequeña, ya teníamos en mente acercarla al agua lo antes posible, no sólo por mis gustos acuáticos, sino por los beneficios que aporta, como todos ya sabéis. El momento llegó cuando nuestra hija aún no había cumplido los nueve meses. Esperamos al verano, por eso de evitar resfriados innecesarios. Y la apuntamos con tiempo, ya que la natación en bebés, al igual que en niños, también es muy solicitada, y además se da el hándicap que hay menos plazas, por razones obvias. Fuimos las dos durante todo el mes de julio, dos días a la semana, por la mañana. Se trataba de un cursillo intensivo. La sesión duraba tan sólo media hora, más que suficiente para tan peques. Recuerdo que mi bichita se encontraba súper a gusto en el agua desde el primer momento. Se emocionaba, se reía, y yo feliz de que fuera así. En estas clases, el objetivo principal era adaptar al bebé a un nuevo medio, que en verdad no era tan primero, pues como sabéis el líquido amniótico ya jugó su papel meses atrás. Así pues, contacto con el agua, mediante ejercicios y juegos con material como muñequitos de goma o piezas de corcho. Más adelante, el “churrito” y las colchonetas. Guardo gratos recuerdos de esas sesiones, fueron momentos de bienestar para las dos. La monitora enfocaba todas las actividades de manera que cada mamá o papá las adaptáramos a nuestra hija, y la verdad es que, ambas nos sentimos comodísimas. Debo confesar que la primera vez que se nombró la inmersión pensé que era broma, o que no lo conseguiría con la peque, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, lo hacía con más naturalidad que tres meses más tarde, cuando la apunté al curso anual, del que ahora os hablaré.
Fue tan positiva nuestra primera experiencia en el agua, que decidimos apuntar a la pequeña al curso anual de natación, de una sesión por semana, también de media hora aproximadamente. Los primeros días aluciné un poco. La bichita era de las más pequeñas y se notaba, mucho. El monitor pretendía que hiciera unas cosas, que ni mi hija ni yo nos sentíamos cómodas. Todo iba súper acelerado, el ritmo de las actividades, los cambios, posturas que no agradaban a la peque, que aún no tenía el año. Hablé varias veces con el chico que dirigía el curso, y me dijo que me lo tomara en calma, que fuera al ritmo que marcaba la niña, y así hicimos, y la verdad es que fue un acierto total. Tenía días en los que a lo mejor no tenía ganas de hacer según qué cosas, pero le encantaba chapotear y se sentía a gusto en general. A medida que avanzaban los meses, el familiarizarse con el agua llegaba a su fin y tocaba dar más pasos, nunca mejor dicho. Me emocioné cuando vi que movía sus piernas dentro del agua, o cuando la inmersión la hacía de manera tan natural. Aún guardo el vídeo subacuático que le hicieron en una jornada de puertas abiertas, a las que asistió la familia al completo.
En aquella ocasión el monitor la sujetaba para inmersión y posterior pasada por un aro grande, la mamá estaba en el otro lado para recogerla. Todas las actividades eran pensadas para reforzar el vínculo con la mamá y eso me encantaba. Y aquí entra la motivación y actitud del monitor. De 10. Comprensión con los papás y mamás, feeling con los bebés, dedicación, preparación de circuitos diarios, así como juegos de interacción y relación con los demás. Y ese círculo final con movimiento, canciones y a veces inmersiones, para acabar las sesiones, que nos hacía sentir partes de un todo común. Tan satisfechos estábamos todos con el profe, que este año rezábamos por favor para que le tocara de nuevo con él, ya que mamá ya no iba a estar ahí con ella. Y así fue, menos mal. En octubre de este año pasado, costó un poquito la adaptación a la piscina sin mamá, pero fue cuestión de pocas semanas. Coincidió también con la adaptación a la guarde (primer año), y la verdad no sé quién lo pasaba peor, ella o yo. Los papis seguimos mirándola desde la sala de máquinas cada día. Va contentísima y eso nos llena, porque para nosotros es lo más importante.

Por cierto, ahora tiene 27 meses y aún no mueve los brazos en el agua y el “churro” no le acaba de gustar, pero cada sábado se levanta preguntando: ¿hoy piscina?, y cuando le decimos que sí, se le ilumina la cara.

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